Colón, Entre Ríos: Un reinicio que año tras año me sorprende

Crónica desde el litoral

A veces no hay que ir tan lejos para sentirse viajero.
A veces, basta con cruzar el río y estar presentes. 

Cada vez que voy a Colón siento que el viaje arranca antes de llegar. Ya voy ilusionada con las sorpresas que me traerá. Colón es una ciudad que tiene de todo para ofrecer.
Hay algo en la ruta, en los primeros campos verdes y vaquitas que se asoman, que ya te cambia la energía.
Tan cerca de Buenos Aires, y a la vez tan distinto, tan particular. 

La primera vez fui por curiosidad.
La segunda, por necesidad.
Después ya empecé a volver por tradición. Porque Colón se volvió ese lugar al que quiero regresar año tras año, porque me reinicia y me sorprende. 

Un año fueron las termas, otro las bodegas, otro la fauna y la flora, después las fiestas locales, la gente, los caminos, las comidas… Siempre hay algo nuevo que descubrir, como si Colón tuviera muchas versiones de sí mismo y te las fuera mostrando de a poco.

Entre palmares y silencio

Esta vez elegí naturaleza pura. Siendo el cuarto año consecutivo que voy, me di cuenta que no había conocido los palmares y reservas naturales. Asi que ahí fui.
Cabalgué entre pastizales en la Reserva Aurora del Palmar, con mi amiga Chilindrina, que me llevó a conocer su casa.
Luego caminé por el campo, los viñedos y comí naranjas directamente del árbol, tibias de sol, tan dulces y jugosas que me hizo pensar en lo lindo de tener árboles frutales más cerca. 

Después subí a un tractor de expedición, de esos que parecen sacados de un safari africano, y me adentré entre la estepa entrerriana primero, luego los bosques hasta llegar al arroyo de los Pajaritos. El paisaje se llenó de palmeras curvas, de vacas salvajes y cielos amplios. Me pareció estar en una escena de película. ¡Cómo no fui antes a semejante lugar!
Hice canotaje en un arroyito calmo y verde.
Y ahí todo fue presencia. El viento, el sonido del agua, de los animales, ranitas y gatos monteses, aves y el movimiento de los remos.
Sin pensar en nada.
Sin mirar el celular.
Solo ahí.

De la estepa a la selva

Al día siguiente crucé en barco a la isla San Francisco, del lado uruguayo, y el paisaje cambió de golpe: de palmares y pastizales pasé a una selva subtropical densa, húmeda, llena de vida.
Caminé entre raíces, lianas, sombras, sonidos.
En un momento me reí sola: “estoy en Lost”, pensé.
Pero una versión argenta, que me pareció digna de orgullo. La verdad, es que daban ganas de perderse en ese paisaje.

Arenas rojizas, aire costero y pausa

Después de tanta aventura, bajé el ritmo en las playas del sur.
Son amplias, con arenas rojizas, caminos de tierra y ese aire costero que se siente con el olfato. Ese olorcito que te da felicidad.
Caminé descalza, mirando el río, contemplando la inmensidad.
Y cuando el día terminaba, me esperaban las termas en el hotel: ese calor suave que te envuelve, el cuerpo que se afloja, el silencio que vuelve.

Colón, ese lugar al que se vuelve

Entre río, campo, selva, playa y agua termal, Colón siempre me devuelve algo que no sabía que necesitaba. (O si)
La cocina es otro viaje aparte: casera, abundante, de esas que te hacen prometer que mañana haces buena letra (y sabés que no).
Y los días se van entre aventuras, sobremesas y pausas que te acomodan. 

Cada año digo que voy a ir a otro lado, pero termino volviendo.
Porque Colón tiene eso: te reinicia.
Y cuando algo te hace bien, ¿para qué cambiarlo?

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